09 julio 2014

El bosque que curó a Sebastião

El fotógrafo Sebastião Salgado nació en 1944 en una granja en Brasil. En ese lugar -más de un 50% bosque tropical- nadaba en ríos llenos de caimanes, vivían aves increíbles y unas 35 familias que consumían todo lo que producían. Solo una vez al año iban al mercado: un viaje de 45 días para llevar al matadero miles de cabezas de ganado.
A los 15 años se fue a estudiar. Brasil comenzaba a industrializarse. Sebastião descubrió la política, se hizo activista de izquierda, estudió Economía en la Universidad de São Paulo. Y conoció a su esposa Lélia. Juntos se exiliaron en Francia durante el régimen militar brasileño. Trabajó para la Organización Internacional del Café, para bancos de inversiones, y un día de 1973 lo dejó todo para convertirse en fotógrafo. 
Autodidacta absoluto, se dedicó a fotografiar lo que para él era importante: la vida de los vulnerables. Los retrató en esas imágenes en blanco y negro hoy reconocidas en todo el mundo. En Ruanda tocó fondo. Allí vio a diario la muerte, la brutalidad extrema, y perdió la fe en la especie humana. A la vuelta, sus propias bacterias comenzaron a atacarle, comenzó a tener infecciones por todo el cuerpo:

-Cuando hacía el amor con mi esposa, no me salía esperma, me salía sangre.

El doctor le dijo: “Sebastião, no estás enfermo, tu próstata está perfecta. Lo que pasa es que has visto tantas muertes que ahora te estás muriendo. Debes parar. Parar. Debes parar, porque de lo contrario, estarás muerto".

Y paró. Decidió volver al lugar donde había nacido. 

Sus padres, ya ancianos, le habían dejado esa tierra. Sin embargo, esa tierra no era la misma:

-Cuando la recibí, estaba tan muerta como yo.

La hacienda familiar estaba completamente deforestada, la tierra se había secado y las miles de cabezas de ganado se habían reducido a unos cientos. Para desarrollarse, Brasil había destruido mucho bosque.


Lélia, entonces, tuvo una idea: “¿Por qué no volver al bosque tropical que había antes? Naciste en un paraíso -le dijo-. Construyámoslo de nuevo”.

Un amigo suyo, ingeniero forestal, les preparó un proyecto y comenzaron a plantar. El primer año perdieron muchos árboles, el segundo año perdieron menos, y poco a poco, la tierra muerta empezó a renacer. Plantaron miles de especies nativas para reconstruir el ecosistema perdido. Quince años después, el terreno recuperado se convirtió en parque nacional.











-Necesitamos respirar -dice Sebastião-. Y la única máquina capaz de capturar el carbono que producimos es el árbol. La única fábrica capaz de transformar CO2 en oxígeno es el bosque. Para el sistema hídrico, los árboles son esenciales. 

En su charla The silent drama of photography lo explica con un ejemplo sencillo:

-A las personas que tienen mucho cabello, les lleva dos o tres horas secárselo si no usan secador. El mío, en un minuto, está seco -dice tocándose la calva. 

Para Sebastião, los árboles son el cabello de nuestro planeta.

Tal vez deberíamos seguir su ejemplo para frenar la alopecia mundial, ¿no?


*Publicado en el blog de la Fundación AquaeSmart Aquae Campus

03 julio 2014

Bajo el paraguas

La revista italiana Internazionale publica (en su número 1054, del 6 al 12 de junio) el texto La lluvia es una cosa que sucede en el pasado, traducido bajo el título Sotto l'ombrello.

Las ilustraciones son de Manuele Fior.
En una de ellas, Manuele dibujó a mis padres, la historia de mis padres que da comienzo al relato:

"Nada banal sucede bajo un paraguas. Lo digo con la certeza de quien le debe la vida a uno. Un joven que acude al servicio militar espera un autobús bajo la lluvia. Todos los botones abrochados, los guantes blancos, los zapatos impecables. Una joven que acude a clases de mecanografía espera el autobús bajo su paraguas. La cara lavada, el jersey de lana, las botas altas. En algún momento ambos se reunieron bajo esa cúpula que convertirían en su lugar de encuentro diario. Durante los meses siguientes, cinco elementos iban a repetirse: el joven, la joven, el autobús, el paraguas, la lluvia. Así se enamoraron mis padres, bajo un paraguas. El lugar donde sucede casi todo en Galicia".

Ilustración de Manuele Fior 

01 julio 2014

Uruguay en un brazo

No recuerdo la frontera. Diría que fue el cruce de Perú a Ecuador, hace unos años. El autobús había salido desde Buenos Aires y su destino final era Caracas. Se detuvo para que hiciéramos los trámites: sellar los pasaportes, cambiar moneda, comprar comida. Según terminábamos, los pasajeros íbamos regresando al autobús. Una pareja colombiana tardaba más de la cuenta. Llevaban un televisor empaquetado en una caja y la aduana lo estaba revisando a fondo. El resto, pasaporte sellado y estómago lleno, esperábamos sentados en el interior del autobús. Algunos se habían vuelto a dormir. Acumulaban horas y horas, días sobre cuatro ruedas. Entonces lo vi. Vi el brazo. Y el tatuaje en el brazo de la mujer que dormía en el asiento de al lado. Vi un país, en realidad. Era la América al revés que dibujó el uruguayo Torres García, las coordenadas de Uruguay en el hemisferio equivocado. El televisor era solo un televisor y regresó al maletero. La pareja colombiana subió al autobús. Se disculparon por la demora encogiendo los hombros con resignación, con esa cara de "Ustedes ya saben, nuestro pasaporte es colombiano y siempre nos pasa igual". El autobús arrancó.
Durante mucho rato, seguí viendo el brazo de la mujer que dormía en el asiento de al lado.
Uruguay tatuado en un bíceps. Cuchillito en la memoria.
Después, creo, me dormí. 
No hablamos. 
Ella nunca supo -cómo iba a saber- todo lo que su brazo me había traído de vuelta.

"América invertida" (1943), Joaquín Torres García

























La primera vez que escuché a Cabrera quise salir corriendo a abrazarlo. A agradecerle. No sé, un apretón por las emociones. “Cuando se trata de usted, yo me quedo sin palabras”. Y con la garganta muda y un abrazo infinito me recibió Montevideo, capital de un mapa que se diría un corazón torcido y del revés. Lo extraño desde entonces. Pero a veces, contra la nostalgia, Zitarrosa canta a gritos su “candombe del olvido” que me hace recordar. Y regresa ese inmenso olor a carne achicharrándose en las parrillas, a las garrapiñadas de la Avenida 18 de julio y al enredo de aguas dulces y saladas en el Río de la Plata.
Aún me quito de la boca los pelos del asado con cuero de las Sierras de Minas, una suerte de Toscana verde donde se habla un español dulcísimo y los gauchos echan el lazo a caballos y amores. Me cuesta decidir si Colonia de Sacramento es más hermosa de noche o de día. Me duele no saber cuánto habrán envejecido sus fachadas rosas, si aún alumbra el farolillo de entrada a la Calle de los Suspiros, si todavía se escuchan milonguitas suaves al fondo del muelle.
Me invade la tristeza de Montevideo, sobre todo en invierno. Me vienen sus grises, su recogimiento, su aire de “aquí nunca pasa nada”, su sosiego, el no saber cómo pasearla. Y envidio mi suerte de haber vagado triste por Montevideo, sobre todo en invierno, de no haber olvidado la Cruz del Sur desde lo alto del Cerro. Me pregunto cuándo descargó la última tormenta sobre la Rambla de Pocitos, cuándo florecerá este año el primer Jacarandá.
Suena Cabrera y me veo sentada de nuevo bajo el ombú del Boulevard España. Sus hojas ya empiezan a caer. Observo a los uruguayos pasar y no consigo entender cómo sobreviví, hasta ahora, sin esa parte de mí que se quedó con ellos.

El Sur, el Sur. Me encanta esa palabra. Suena como el silbido del viento entre los árboles.
 Ednodio Quintero

* Publicado en la revista "Viajes National Geographic"

21 junio 2014

¿Y a usted quién le dio permiso?

La escuela, el arsenal, la prisión, el hospital.
Las contratapas de Juan Forn. Ay.

Había en San Petersburgo, cuando se llamaba Leningrado, una escuela, que estaba enfrente de una fábrica de armamento, que estaba al lado de un hospital, que pertenecía a una prisión, la prisión más famosa de toda Rusia, Las Cruces, con sus 999 celdas. Había en Leningrado, en aquellos primeros años de posguerra, un pelirrojo llamado Iosip Brodsky que fue a esa escuela hasta que lo echaron y consiguió trabajo en ese arsenal, de donde fue a dar con sus huesos en aquella cárcel, donde lo despacharon al pabellón de enfermos mentales de aquel hospital, donde lo ponían a pasar la noche en chaleco de fuerza, luego de empaparlo con una manguera (al enfriarse y contraerse, el chaleco de fuerza iba haciendo cada vez más honor a su nombre). Antes lo habían llevado a juicio, por parásito, por poeta, por judío. En determinado momento del proceso, el fiscal le preguntó: “¿Y a usted quién le dio permiso para decirse poeta?” El pelirrojo Brodsky, que tenía veintiún años, le contestó: “¿Y a usted quién le dio permiso para decirse hombre?”

Fragmento de "El amigo imaginario". Por Juan Forn en Página 12.

Silvia en Iguazú

"Cataratas del Iguazú" (1947)  -  Antonio Berni
No conozco Iguazú. 

Conozco, en todo caso, aquello que todos conocemos sin haber estado allí. El río Iguazú choca con el Paraná y pasa lo que pasa: casi tres kilómetros de agua cayendo en picado (275 saltos, el más alto de 82 metros), Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, una de las “Siete maravillas naturales del mundo” por la fundación New7Wonders. Cuando estuvo allí, Eleanor Roosevelt, la esposa del presidente Franklin Roosevelt, apenas pudo decir: “Pobre Niágara”.

En febrero de este año algunas cascadas habían desaparecido. La sequía que afectaba a Brasil, Argentina y Paraguay dejó al descubierto las piedras que suele ocultar el agua. Dejó las cataratas desnudas. El pasado lunes 9 de junio, Iguazú registró 46 millones de litros de agua por segundo (el caudal habitual es de 1,5 millones). Las cataratas desbordaron, se evacuaron pueblos, se cerró el parque. La televisión mostró un océano puesto boca abajo. 

No conozco Iguazú, pero me vino a la mente una tarde de hace años:

Durante una de sus conferencias, el escritor Alberto Vázquez Figueroa contó algo inolvidable. Cuando tenía unos 26 años y trabajaba como corresponsal de La Vanguardia en Río de Janeiro, conoció a una brasileña preciosa a la que quiso conquistar. Al principio, la chica le daba largas, le pedía que esperase: “Vamos a ir a Iguazú -le decía ella-. Pero vamos a ir el día que yo diga”. Y un día, por fin, le pidió que sacase los billetes. Cuando llegaron al hotel, y Alberto ya se frotaba las manos, ella le dijo: “Espera”. Al atardecer, cogió una manta de la habitación y lo llevó del brazo por un camino que bajaba hasta las cataratas. Tendió la manta en una extensión de hierba frente a ellas. Le volvió a decir: “Espera”. Conversaron, se quedaron viendo el agua estrellándose contra el agua, hasta que al cabo de un rato, tras las cataratas, apareció una luna llena gigantesca.

    -La luna llena más grande y más bella que he visto en mi vida -contaba Alberto.

Cuando salió, formó un arco iris de luna que atravesó Iguazú de parte a parte. Y en ese momento en que asomó la luna y ambos quedaron bajo su arco iris, la señorita le dijo: “Ahora”.

     -Y es de las cosas que uno recuerda para todo el resto de su vida. Silvia, se llamaba. Mi hija mayor se llama Silvia en recuerdo a ella.


*Publicado en el blog de la Fundación AquaeSmart Aquae Campus

12 junio 2014

Lo que nos queda

En una tienda de Liubliana, la capital de Eslovenia, se vende sal procedente de las Salinas de Pirano. En algunos de los saquitos se puede leer la siguiente inscripción: “La sal es el mar que no pudo volver al cielo”. Hace un tiempo, mientras preparaba un artículo sobre la lluvia, el meteorólogo peruano Félix Cubas me resumió el ciclo hidrológico en una frase sencilla: “Todo cae”. Su explicación fue más o menos así:

   -El agua que se evapora es la misma que vuelve a caer, lo único que varía es su distribución. Las moléculas de hidrógeno y oxígeno duran miles de años. Tal vez una molécula de hidrógeno que está ahora en mi cuerpo estuvo antes en el organismo de una vaca, o en una papa de Huancayo. Para la naturaleza, todo se recicla.

Tomé conciencia de que alguna de mis moléculas podía haber estado, quizás, en el fondo de un pozo de Burkina Faso, en un pedazo de sal del Himalaya o en la leche de burra que bañó a Cleopatra. Después leí algunos datos curiosos: Si no hubiera evaporación, la atmósfera se secaría en diez días. Si no hubiera lluvia, el mar bajaría su nivel un metro cada año. Y al final del día, cansada de cifras y medidas acuosas, volví a ver la película “In the mood for love”. Su director, Wong Kar Wai, hace llover a cámara lenta sobre los callejones de Hong Kong para que dos personas que no deben empiecen a quererse.

Pensé entonces en el agua como una idea de la belleza. 

Pensé que cuando el agua pasa nos deja ciertas cosas: 

El goteo de los árboles: las ramas, sus hojas y la fruta recién lavada, los caracoles agazapados y sin cuernos emergiendo de las lechugas, el musgo creciéndole a las piedras húmedas, la tierra mullida, la frase de Blas de Otero: “Si hay algo tan bonito como una pierna de mujer es un bosque bajo la lluvia”.

Charles Bukowski recordaría siempre las largas lluvias de Los Ángeles en la época de la Gran Depresión. Recordaría la gran inundación de 1934 que barrió para muchos el sueño americano y le llevó a escribir, cincuenta y seis años después, el imponente “We ain't got no money, honey, but we got rain” (“No tenemos dinero, cariño, pero tenemos lluvia”). Yo recuerdo, por ejemplo, la tinta emborronada de las cartas viejas que aparecían mojadas en un buzón, cuando todavía las cartas se enviaban por correo postal, cuando todavía se enviaban cartas.

El agua pasa y deja ciertas cosas. 

Algunas nos quedan para siempre.

*Publicado en el blog de la Fundación Aquae: Smart Aquae Campus

San Basilio de Palenque (Colombia)