En una carta a Chepita, su esposa, Jaime Sabines escribía: "Y procura engordar. Y procura no ser muy bonita sino hasta en diciembre". Si recibía respuesta con retraso, Miguel Hernández se enojaba enseguida: "Dime qué es lo que no tienes, Josefina: papel, tinta, pluma o ganas". Juan Rulfo le escribió a su mujer: "Clara, hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre". Pedro Salinas le escribió a su amante: "Tú eres lo que me está pasando siempre".
"Todas las cartas de amor son ridículas", decía Pessoa. Pero al final, admitió, lo único ridículo es no escribirlas. En febrero viajé a Almuñécar (Granada). Crucé olivares, conocí la Alhambra, leí una carta. En ella hay panes y versos y grillos. Y un jurado consideró que eso -así- era una carta de amor. Peor aún: la premió en un concurso de cartas de amor. Aunque no es una carta de amor. Aunque no es siquiera una carta. Se llama "La madrugada era otra cosa". Y puede leerse aquí:
De eso.
Del verso y la harina,
de un grillo exacto, de un tiempo breve.
De eso -tan poca cosa-
vengo a hablarte.
De eso vengo a hablarte.
Era la noche quieta. Era
el aire caliente y la luz a medias. Eran los grillos buscándose a
gritos. Era la luna una mitad. Era un hotel mustio y un patio y sus
paredes. Era una tierra ajena, las horas lentas, algún insomnio.
Éramos todavía dos extraños. Éramos todavía invulnerables.
Me miras toda, te miro
entero: maneras de reconocerse.
Y ése, así, pudo haber
sido el principio.
Tú eres panadero y yo
junto palabras, y la madrugada -el espacio donde crecen poemas y
panes- nos vino a reunir en un patio de hotel.
El patio es alargado.
Las puertas son diez y ocho están cerradas. Adentro, criaturas
duermen, sueñan, aman: nada raro. Afuera hay un calor cansado. Y
plantas. Y un grillo insistente entre el calor y las plantas.
Desafina tanto que nos hace gracia. La risa se derrama y sentimos
algo que -tal vez- sea un cosquilleo. Las plantas respiran.
Transpiramos. El patio es un horno manso en el que -ambos sabemos- se
está cocinando algo.
No es lo mismo la harina
de trigo que la de centeno. Su pan es más oscuro, más denso, más
amargo -explicas- y el pan de centeno parece de pronto un animal
lastimado. Lo trago con cierta compasión; pienso en toda su
oscuridad, su densidad, en toda su amargura.
Pienso además -sin que
te enteres- que Lihn tenía razón, que no debe ser lo mismo estar
sola que estar sola en una habitación de la que acabas de salir. Que
seguramente tú no sabes quién es Lihn ni quién salió de su
habitación para que él repitiese, como un mantra: no es lo mismo
estar solo que estar sin ti. Que tampoco yo sé cuánto tiempo hay
que amasar la harina de maíz para transformarla en aquello que cruza
de tu mano a la mía: una empanada.
Yo nunca metí las manos
en la masa.
Tú nunca leíste a
Lihn.
Pero eso, supongo, no
tiene ninguna importancia.
La distancia de tu mano
a la mía es un trayecto menor: allí donde suelen ocurrir los
accidentes.
A veces sucede simple:
una mano tropieza en otra y pone la noche quieta en movimiento,
vuelve ligeras las horas.
La madrugada puede ser
eso: compartir una empanada y entender la ligereza del tiempo, el
orden del mundo, el peso de todas las piedras; rendirse al pan y a la
poesía como lo que son: placeres primarios; trabajar la masa y las
palabras: ablandarlas, molerlas, variar el molde, retorcerlas hasta
su forma definitiva, bailar con ellas en la pirueta final.
La madrugada puede ser
eso: mezclar agua, harina y levadura como un nombre, un verbo y un
adverbio, enfrentar un balance de ingredientes a un revoltijo de
versos, deslindar lo intrascendente de lo fundamental, hablar de
cosas simples y elementales y dejar que el resto suceda lejos:
-Que ni poco ni
demasiado: amasar hasta el punto justo, obtener una textura lisa como
plastilina y ven, hagamos el amor así se acorta la noche.
-Que hay que apretar con
la parte de la mano que se une a la muñeca y ven, guardemos esta
noche para cuando no haya.
-Que la levadura es un
hongo, un organismo vivo y también, si quieres, podemos tener hijos.
-Que un exceso de sal
endurece la corteza y que no, no volverá nunca al mundo una noche
como esta noche.
No vuelven al mundo las
noches así.
No cantarán los grillos
otra vez.
Y quizás -sólo quizás-
sea mejor así. Pero ahora, en un patio largo, entre el calor y las
plantas y un grillo terco, el milagro toma esta forma, instala un
silencio estricto.
Me dices poco, te digo
nada: maneras de decirse todo.
Me miras -panadero- como
un aullido.
Y eso, supongo, debe
tener algún significado.
Nuestro pan último es
una marraqueta que rompes en dos. Para entonces, la madrugada ya es
sólo un resto frágil, algo que agoniza demasido rápido. Se va
dejando la mañana a nuestros pies, envueltos en migajas.
Te miro -panadero- como
un aullido.
Tal vez la madrugada sea
eso: la fuerza con la que aúllan los lobos.
La palabra “compañía”
proviene del latin panis: se refiere a la acción de comer de un
mismo pan. Un compañero es, etimológicamente, “aquél con quien
se comparte el pan”.
La mañana llega como
una frontera.
Y ahora dime -compañero-
qué hacemos con todo esto.
Quiero decir: qué hacemos con la frontera, la línea cruel entre seis horas livianas y la mediocridad del resto de los días. El se acabó la suerte y cada uno se va por donde vino: tú con los panes a otra parte y yo a recitarle a nadie, a caer de tu cuerpo al precipicio, a creer que la ternura es impropia y que sí, que es posible regresar de ti a cualquier parte, como si el amor no fuera una cosa cierta y nosotros hubiéramos nacido en vano.