30 abril 2013

La lluvia es una cosa que sucede en el pasado

En algún momento del 2012 llegué a Lima. Y en algún lugar de Lima, Julio Villanueva Chang, el hombre que dirige “la revista más bella del mundo”, dijo algo como esto: “Vamos a hacer llover, y no sólo a escribir sobre la lluvia”.
En algún momento del 2012 dejé Perú. No conocí Machu Picchu, pero un texto lluvioso apareció en Etiqueta Negra. Mi sueño peruano está cumplido.

(Y un fragmento puede leerse aquí: La lluvia es una cosa que sucede en el pasado)

Liniers

29 abril 2013

El día que todos fuimos padres

En el principio fue el humo.

Aquel trece de marzo, sobre la mesa de la cocina y su comida, mi madre soltó la pregunta: 

-¿Y eso cómo lo harán?. Lo del blanco y el negro, digo.

Era mediodía hora española. Tras la matraca diaria en todos los noticieros, en todos los periódicos, en todo lugar que arrojara noticias, mi madre se hacía una pregunta. El televisor emitía humaredas antiguas y ella, frente a la imagen, como Poirot ante la escena de un crimen: recelosa, suspicaz, pensativa. El gesto agudo de quien vigila a un mago desde la primera fila y aún así no sabe, no entiende, cómo el conejo puede salir de la chistera. Y se cuestiona cómo, cómo puede ser, cómo es posible. En fin, cómo lo hará. 
Como pude, respondí. Con la cautela propia de contar a un niño lo de los Reyes Magos, le conté aquello que ni yo bien sabía, pero había leído unas horas antes. Que los votos arden con según qué cosa: clorato o perclorato de potasio, lactosa o azufre, colofonia o antraceno. En fin, blanco o negro.
Me miró unos segundos, muy quieta, aceptando -supongo- que no era el Espíritu Santo quien fabricaba humo de colores. Y asumida la decepción, dijo apenas:

-Ah, bueno, entonces es sólo química.

Terminamos de comer, limpiamos la cocina, tomamos café.
Mi madre se fue al salón, al sofá, al televisor. Yo regresé a mi cuarto, al escritorio, a la escritura.

La tarde parecía tranquila. Y lo fue hasta entonces.

-Mira mira mira.

La puerta de mi habitación se abrió como un viento súbito y el vendaval materno entró repitiendo, sin tomar oxígeno, el imperativo del verbo mirar. Se acercó agitándolo en el aire y mostró la pantalla de su teléfono móvil.

-Mira mira mira.

Pero allá donde debía ver algo que parecía importante, yo sólo veía una mancha brumosa que podría ser, básicamente, cualquier cosa.

-¿Qué es eso? -pregunté-. ¿Qué pasa? .

-Fumata blanca, mira, fumata blanca.

Eran las 19:06 horas y mi madre acababa de fotografiar la pantalla del televisor. La foto era borrosa, indescifrable. Pero aquella sombra blancuzca en un teléfono móvil anunciaba que alguien era, que alguien ya era.
Después supimos quién era.

Más allá de gustos e intereses, de creencias o caracteres, hay estampas que todos queremos ver: la selección que levanta una Copa del Mundo, los funerales de un muerto importante, el vestido de la novia.

Se abrió el telón.

El Papa era argentino y aquello no era un chiste. Pero él sonrió y algo nos llegó por contagio. Bendijo y pidió la bendición. Y mi madre, hundida en el sofá, improvisó cuatro palabras disparatadas:

-Yo te bendigo, Francisco.

Llamó a mi abuelo, a su esposa -argentina- y los encontró perdidos en el tráfico, dando vueltas en círculo, pegados a la radio. Concentrados como estaban, se habían pasado de calle. Desde el auto, tenían sólo un nombre sin rostro.

-¿Y?. ¿Cómo es?.

-Tiene cara de bueno -contestó mi madre-. A mí ya me cae bien. Yo ya le di mi bendición.

Miré al televisor. La miré a ella. No supe qué pensar.
Analfabeta religiosa, tan descreída, no pensé: me rendí. Admití lo innegable: a mí también me había caído bien.

El carisma debe ser eso: provocar en alguien, en varios, en cierta masa, una transformación. Que personas que no te siguen comiencen, de pronto, a seguirte, dejen de hacer lo que están haciendo para escuchar lo que tienes que decir, te bendigan incluso, se desorienten mientras esperan oír tu nombre, saber quién eres, qué pueden esperar de ti.
Y está, también, el ritual. Porque sin la pantomima esa de la llave, el encierro, el hermetismo y el humo, el ansia sería otra. Sin la frasecita de marras, la expectación sería otra. Pero así -lógico- habemus un planeta ansioso, expectante. Y una estrategia de marketing brillante. Habemus el quirófano más hermoso del mundo: la Capilla Sixtina. Y afuera una espera planetaria. Aguardamos embobados el gran parto global. Somos padres primerizos a las puertas de un quirófano. Nerviosos, impacientes. Deseando verle la cara al niño.

21 abril 2013

La bicicleta

En Urubichá, provincia de Guarayos (Bolivia) apenas hay autos: hay bicis. Pero cuesta encontrar alguna a la que no le falte el sillín, no le fallen los frenos, no se le haya pinchado una rueda. El penúltimo día, me hablaron de la hermana del novio de una vecina que quizás. Y allá fui. Y así terminé en una bicicleta fucsia. Era la más moderna del pueblo. Y además, hacía juego con mi camiseta. Qué más se puede pedir.


05 marzo 2013

Sala de espera


Foto: Antonio Jordana
"El aire de los aeropuertos siempre es parecido pero nunca igual. Hay turbulencias: ya hace como treinta años que los aviones se han transformado en un medio de transporte un poco demasiado democrático, donde se mezcla gente que normalmente no se mezcla. En los aeropuertos, esperando aviones, hay abuelas que vuelven al país con su insistencia en no ser distinguidas: en la aceleración de los tiempos modernos no hay nada más plebeyo que una vieja con las piernas amorcilladas por el elástico de una media que le queda baja. O están sus hijas e hijos, trabajadores emigrados que vuelven por un mes al país y se emperifollaron hasta lo último porque tienen que llegar mostrando que soportar los maltratos de los racistas les sirve para algo. Y jovencitas de curvas hiperbóreas con mochila, cuyos padres pueden echar al inmigrante de al lado con sólo escupir una vez en el suelo, y esos señores de trajes implacables que no precisan siquiera pensar en el esputo, y los gerentes que se van tres días al Caribe con la secretaria más pulposa so pretexto de una convención, y las secretarias menos pulposas que no consiguieron un gerente y se van de a tres al Caribe pero en cuotas. Hay equipos de fútbol que vienen de perder por 1 a 0, equipos que están seguros de que van a ganar por 4 a 1, equipos de cuyos resultados nunca sabremos nada, pilotos que peinan sus canas con fijadores de free-shop, azafatas que se las peinan con cariño, niñas, señoras más que gordas, funcionarios de ongs tan compasivas, plantaciones de niños que lloran todos juntos, seis artistas de diversas artes, un traficante de coca que puede ser any of the above, el periodista que por fin se ligó un viaje, las madres con chicos que van a encontrarse con el padre después de tanto tiempo, y toda esa gente que se resiste a ser descrita. Siempre que subo a un avión los miro un rato y me digo qué raro, pensar que quizá nos muramos todos juntos".

Fragmento de "Viva el turismo", por Martín Caparrós. Publicado en Etiqueta Negra 92.

04 marzo 2013

La madrugada era otra cosa

En una carta a Chepita, su esposa, Jaime Sabines escribía: "Y procura engordar. Y procura no ser muy bonita sino hasta en diciembre". Si recibía respuesta con retraso, Miguel Hernández se enojaba enseguida: "Dime qué es lo que no tienes, Josefina: papel, tinta, pluma o ganas". Juan Rulfo le escribió a su mujer: "Clara, hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre". Pedro Salinas le escribió a su amante: "Tú eres lo que me está pasando siempre".
"Todas las cartas de amor son ridículas", decía Pessoa. Pero al final, admitió, lo único ridículo es no escribirlas. En febrero viajé a Almuñécar (Granada). Crucé olivares, conocí la Alhambra,  leí una carta. En ella hay panes y versos y grillos. Y un jurado consideró que eso -así- era una carta de amor. Peor aún: la premió en un concurso de cartas de amor. Aunque no es una carta de amor. Aunque no es siquiera una carta. Se llama "La madrugada era otra cosa". Y puede leerse aquí:


De eso.
Del verso y la harina, de un grillo exacto, de un tiempo breve.
De eso -tan poca cosa- vengo a hablarte.
De eso vengo a hablarte.

Era la noche quieta. Era el aire caliente y la luz a medias. Eran los grillos buscándose a gritos. Era la luna una mitad. Era un hotel mustio y un patio y sus paredes. Era una tierra ajena, las horas lentas, algún insomnio. Éramos todavía dos extraños. Éramos todavía invulnerables.
Me miras toda, te miro entero: maneras de reconocerse.
Y ése, así, pudo haber sido el principio.

Tú eres panadero y yo junto palabras, y la madrugada -el espacio donde crecen poemas y panes- nos vino a reunir en un patio de hotel.

El patio es alargado. Las puertas son diez y ocho están cerradas. Adentro, criaturas duermen, sueñan, aman: nada raro. Afuera hay un calor cansado. Y plantas. Y un grillo insistente entre el calor y las plantas. Desafina tanto que nos hace gracia. La risa se derrama y sentimos algo que -tal vez- sea un cosquilleo. Las plantas respiran. Transpiramos. El patio es un horno manso en el que -ambos sabemos- se está cocinando algo.

No es lo mismo la harina de trigo que la de centeno. Su pan es más oscuro, más denso, más amargo -explicas- y el pan de centeno parece de pronto un animal lastimado. Lo trago con cierta compasión; pienso en toda su oscuridad, su densidad, en toda su amargura.
Pienso además -sin que te enteres- que Lihn tenía razón, que no debe ser lo mismo estar sola que estar sola en una habitación de la que acabas de salir. Que seguramente tú no sabes quién es Lihn ni quién salió de su habitación para que él repitiese, como un mantra: no es lo mismo estar solo que estar sin ti. Que tampoco yo sé cuánto tiempo hay que amasar la harina de maíz para transformarla en aquello que cruza de tu mano a la mía: una empanada.

Yo nunca metí las manos en la masa.
Tú nunca leíste a Lihn.
Pero eso, supongo, no tiene ninguna importancia.

La distancia de tu mano a la mía es un trayecto menor: allí donde suelen ocurrir los accidentes.
A veces sucede simple: una mano tropieza en otra y pone la noche quieta en movimiento, vuelve ligeras las horas.
La madrugada puede ser eso: compartir una empanada y entender la ligereza del tiempo, el orden del mundo, el peso de todas las piedras; rendirse al pan y a la poesía como lo que son: placeres primarios; trabajar la masa y las palabras: ablandarlas, molerlas, variar el molde, retorcerlas hasta su forma definitiva, bailar con ellas en la pirueta final.
La madrugada puede ser eso: mezclar agua, harina y levadura como un nombre, un verbo y un adverbio, enfrentar un balance de ingredientes a un revoltijo de versos, deslindar lo intrascendente de lo fundamental, hablar de cosas simples y elementales y dejar que el resto suceda lejos:

-Que ni poco ni demasiado: amasar hasta el punto justo, obtener una textura lisa como plastilina y ven, hagamos el amor así se acorta la noche.

-Que hay que apretar con la parte de la mano que se une a la muñeca y ven, guardemos esta noche para cuando no haya.

-Que la levadura es un hongo, un organismo vivo y también, si quieres, podemos tener hijos.

-Que un exceso de sal endurece la corteza y que no, no volverá nunca al mundo una noche como esta noche.

No vuelven al mundo las noches así.
No cantarán los grillos otra vez.

Y quizás -sólo quizás- sea mejor así. Pero ahora, en un patio largo, entre el calor y las plantas y un grillo terco, el milagro toma esta forma, instala un silencio estricto.
Me dices poco, te digo nada: maneras de decirse todo.
Me miras -panadero- como un aullido.
Y eso, supongo, debe tener algún significado.

Nuestro pan último es una marraqueta que rompes en dos. Para entonces, la madrugada ya es sólo un resto frágil, algo que agoniza demasido rápido. Se va dejando la mañana a nuestros pies, envueltos en migajas.
Te miro -panadero- como un aullido.
Tal vez la madrugada sea eso: la fuerza con la que aúllan los lobos.

La palabra “compañía” proviene del latin panis: se refiere a la acción de comer de un mismo pan. Un compañero es, etimológicamente, “aquél con quien se comparte el pan”.

La mañana llega como una frontera.

Y ahora dime -compañero- qué hacemos con todo esto.

Quiero decir: qué hacemos con la frontera, la línea cruel entre seis horas livianas y la mediocridad del resto de los días. El se acabó la suerte y cada uno se va por donde vino: tú con los panes a otra parte y yo a recitarle a nadie, a caer de tu cuerpo al precipicio, a creer que la ternura es impropia y que sí, que es posible regresar de ti a cualquier parte, como si el amor no fuera una cosa cierta y nosotros hubiéramos nacido en vano.

13 abril 2012

Regreso al balcón de Colmena

*Nota: Se recomienda leer antes "Un balcón en Colmena".

La planta se quemó. La única valiente que se atrevía a sobrevivir entre cables y arañas, no sabéis cómo agoniza. Claro, que tampoco sabéis el calor que hace en Lima. Qué suerte. Le hemos puesto un tejadillo rudimentario y esperamos el milagro de la resurrección, pero creo que nos hemos acordado de Santa Bárbara cuando truena. Y yo sin ir a misa. Eso sí, aquí ni truena ni llueve ni na de na, ni en lloviznita cae del cielo una mísera gota. Ni panes ni peces ni hombres ni ranas ni piedras ni yuca ni té ni café, aunque esto último es bastante normal porque estamos en un balcón limeño y no en el campo dominicano. ¿Hará tanto calor en la República Dominicana?.