18 abril 2014

El encanto

Ilustración del libro: "Gabo. Memorias de una vida mágica"
Fue hace más de seis años. Me habían roto el corazón y yo escribí, de todo aquello, un microrrelato de 150 palabras. Lo llamé Zapatos a medida, lo presenté a un concurso. El premio era un ordenador portátil de última generación. Por aquel entonces yo vivía en Barcelona, enviaba peritos a los talleres de reparación de vehículos y, en mi tiempo libre, escribía. Lo hacía en un portátil de segunda mano que me permitía cocinar espaguetis mientras arrancaba. Cuando la pasta llegaba al dente, la máquina estaba lista. 
Aquél fue el primer concurso literario que gané. Viajé a Ávila y allí me entregaron un flamante Sony Vaio que arrancaba como el rayo. Al día siguiente, un diario local tituló: “Zapatos a medida nació mientras leía a Gabriel García Márquez”. Me habían preguntado por el título del relato, por su sentido, y conté la historia. Ahí comenzaba a contar historias.
Tiempo atrás, mientras leía Cien años de soledad, una frase me había golpeado. Cuando Aureliano ve a Remedios por primera vez, ella tiene sólo nueve años, pero su imagen le queda doliendo en alguna parte del cuerpo: “Era una sensación física que casi le molestaba para caminar, como una piedrecita en el zapato”. Nunca más olvidé esa frase. Hay frases así, que uno nunca más olvida. De la piedra en el zapato venía mi texto, viene el portátil desde el que ahora escribo. Ahí comenzaba a deberle cosas a Gabriel.
Nunca he dejado de hacerlo. Si escribí un relato al que llamé La madrugada era otra cosa fue porque en algún momento leí cosas como éstas: "Nos dijeron que antes, cuando la madrugada era verdad, se escuchaba en el patio el rumor del azúcar cuando subía a las naranjas".

Leo ahora, entre toda la catarata, que vino a Santiago de Compostela en 1983, poco después de recibir el Nobel. Su abuela Tranquilina, la que en su infancia le contaba historias de espíritus y fantasmas, era gallega. De esas 72 horas en Galicia salió el artículo que publicaría entonces El País: Viendo llover en Galicia: "Andábamos por entre esta lluvia como por un estado de gracia, comiendo a puñados los únicos mariscos vivos que quedan en este mundo devastado, comiendo unos pescados que siguen siendo peces en el plato y unas ensaladas que seguían creciendo en la mesa".

Lo escucho hablar del Caribe, que tanto bien me hizo y tanto bien hace a cualquiera: "Yo vuelo de Madrid a Cartagena, por ejemplo, o a Barranquilla. En el momento en que desembarco yo noto que todo en el cuerpo y en la mente se me reajusta, y se identifica perfectamente con toda la realidad ecológica que tengo alrededor. He llegado a la conclusión de que uno es de su medio ecológico, y que es peligrosísimo y gravísimo salir de él. Entonces a mí me sucede no en la costa, sino en el Caribe, en cualquier lugar del Caribe. A mí me sueltan vendado y yo sé que estoy en el Caribe".

Dicen en facebook: "Hay varios millones de corazones hechos trapo mirando al domingo de los milagros".

Dicen que el domingo resucita.

Pero de todo lo que dicen, de tanto como dicen, me gusta lo que dice, en la revista Letras LibresFernando García Ramírez"Me atrevo a decir que la mayor virtud de Gabriel García Márquez como escritor es el encanto. Encadenaba frases, sinuosas y transparentes, provocando en sus lectores sorpresa, deslumbramiento, pero sobre todo una enorme felicidad".

16 marzo 2014

Gracias

Sé que no llovía, porque nunca llueve en Lima, la mañana en que Julio Villanueva Chang me invitó a escribir sobre la lluvia. Días antes, en uno de sus talleres, Julio nos había dicho a sus alumnos: "Estamos aquí para hablar de lo que nos importa". Había dicho, también, que la gente siente retortijones cuando lee una buena frase, que la gente se voltea para leer una buena frase. A Julio le importa la lluvia. Le importan también las buenas frases. Por eso, la mañana en que Julio me invitó a escribir sobre la lluvia, me asusté. Y muerta de miedo, acepté.

Hablé con meteorólogos, con artesanos de paraguas, con amigos gallegos que saben de lo que hablo. Miré al cielo, busqué en la memoria, escribí "lluvia" en google. Y tiempo después, entregué un monstruo, un mamotreto que hoy no me atrevería a releer. Entonces, Julio me dejó a solas con Elda Cantú. Y Elda, a su vez, me presentó a Juan Francisco Ugarte. Ellos son los editores que hicieron de una selva el jardín mejor cortado.

Ellos en Perú, yo en España, ojeras a destiempo luchando en el barro con las palabras, buscándole el sentido a cada una. Hurgamos en recuerdos que ni recordaba, afilamos cada dato, montamos el rompecabezas que es toda historia cuando quiere ser bien contada. Y el texto fue lo que fue porque entre todos lo hicimos ser. Y por eso, gracias.

Liniers
Después de casi tres meses de temporales consecutivos, casi noventa días de agua continua, hace una semana que en Galicia salió el sol. Ahora que se fue, la lluvia me da semejante alegría. 

Gracias a todos los que os alegráis conmigo.

"La lluvia es una cosa que sucede en el pasado"
[Etiqueta Negra 109, abril 2013]
Premio Don Quijote de Periodismo 2014


09 agosto 2013

Los niños y los muertos

El cielo a esta hora es un velo frágil, una telaraña. La noche cae sobre los cementerios de varias formas: la indiferencia en los muertos, la inquietud en los vivos, una impresión compartida de abandono. Cierran las rejas. Se quedan los difuntos a solas. Mañana volverán los niños a ofrecer lo poco que a un muerto ofrecer se puede: un par de rezos, un puñado de flores, un pensamiento. Deben tener, estas criaturas, una idea clara del morir, un grillo que diariamente les despierta, les advierte, les recuerda que sí, que esto es finito, que la parca nos puede caer cuando quiera y no tendremos nada que decirle.


Fragmento del texto publicado en la revista FronteraD con el título: ¿Cómo se llama el alma? Los niños guías del cementerio boliviano de Sucre.

14 julio 2013

Medellín o la necesidad de belleza

Lo impensable no era fundar un festival de poesía en Medellín.

Lo impensable era fundar un festival de poesía en Medellín en 1991.

En la última década del siglo veinte, sólo en la ciudad de Medellín, se produjeron 45.000 muertes violentas, más víctimas que en toda Europa Occidental durante el mismo periodo. Se perseguía a Pablo Escobar. Era la época del narcoterrorismo y las bombas en los centros comerciales. Los coches bomba explotaban por toda la ciudad y un festival de poesía, más que un acto heroico, parecía una demencia.

¿A quién se le ocurre?

Héroes o dementes, los culpables fueron los editores de la revista literaria Prometeo, con Fernando Rendón a la cabeza.

¿Pero cómo se les ocurre?

Cuando a una niña de las comunas de Medellín -Katherine Tabares, 10 años- se le pregunta qué es
la noche, responde así: “Es el día muy oscuro”.
Es decir: la respuesta a veces viene simple. La respuesta es, a veces, la más obvia.

El miedo. El propio miedo.

Dijo Rendón: “Teníamos tanto miedo en ese momento que lo único que se nos ocurrió hacer fue el festival”.
Y el ansia y las ganas. El deseo de una vida digna que se les negaba. En la conferencia de prensa inaugural de 2007, Gabriel Jaime Franco, otro de los fundadores, se refirió a un derecho ausente en la carta de las Naciones Unidas: el derecho a la belleza. Así surgió, dijo, “como una trágica necesidad de belleza”.
Años más tarde, en la entrega del “Right Livelihood Award”, el “Premio Nobel Alternativo” que el festival recibió en 2006, Rendón leería en su discurso: “Diseñamos una máquina del sueño para enfrentarla a la perversa maquinaria de la pesadilla”.

No fue fácil.

Tuvieron que afrontar cuestiones prácticas tan elementales como llamar a poetas extranjeros y convencerlos de que vinieran a Medellín. A Medellín, la ciudad que en un fin de semana podía contar cien asesinatos, que moría después de las ocho de la tarde por un toque de queda impuesto por los paramilitares. ¿Cómo se le dice a alguien que venga a una ciudad que en ese momento, para la comunidad internacional, era la más violenta del mundo?  



El primer festival duró un día. Fueron dieciséis poetas colombianos. Con los pocos pesos que tenían repartieron apenas cien carteles. Asistieron unas 800 personas. Con el tiempo, algo pequeño se convirtió en un festival poético masivo, el más multitudinario. La población hizo de la poesía un refugio, una toma de oxígeno que permitía a la ciudad respirar.
Cada año, durante ocho días, más de 60 poetas leen su obra. Hasta 200.000 personas van a escucharlos. Les aplauden como a estrellas de rock, les piden autógrafos, aguantan la lluvia si aparece. La estampa es un clásico: hombres y mujeres con paraguas, chubasqueros, plásticos cubriendo la cabeza, escuchan poesía bajo el trueno. Abarrotan el anfiteatro al aire libre del Nutibara, el cerro tutelar de la ciudad. Se mojan en silencio, respetan y consiguen que los poetas se vayan arrasados, que los poetas no crean lo que han visto, que los poetas digan lo que dicen: que lo que ocurre con la poesía en Medellín no ocurre en ninguna otra parte del mundo.

“Nunca volverá a pasarnos algo como esto”, diría la salvadoreña Dina Posada.

Acostumbrados al público discreto que suele acudir a recitales poéticos, el entusiasmo paisa les sacude, les arrastra, les confirma el poder del verso y su arañazo.

Durante su participación en el Festival del 2007, el hindú Surjit Patar escribió un poema tras su encuentro con un niño en el Parque Obrero de Medellín. Sorprendido por su turbante y su barba, el muchacho, tomándolo por un mago, inicia una conversación que el poeta transformaría en poema.
Horas más tarde lo leyó frente al público. Cuando terminó, la ovación fue atronadora. Ya era de noche en el anfiteatro Carlos Vieco, y todo el graderío en pie aplaudía al hombre del turbante. Al hombre imperturbable que parpadeaba incrédulo, los ojos vidriosos. Al hombre que no podía creer.

16 junio 2013

Hace apenas días

Uno cree que hay fechas universales en las que el mundo se pone de acuerdo para celebrar. Después descubre que ni el Día de la Madre, ni el de Todos los Difuntos, ni San Valentín se celebran a la vez en todas partes.
El 19 de marzo felicité a mi padre en España.
Hoy es el Día del Padre en casi toda América.

Hace días, en Bogotá, alguien dijo: "Poeta Mujica, tiene usted la palabra". Y Hugo dijo cosas como éstas:

Hace apenas días murió mi padre,
hace apenas tanto. 


Cayó sin peso,
como los párpados al llegar
la noche o una hoja
cuando el viento no arranca, acuna. 


Hoy no es como otras lluvias
hoy llueve por vez primera
sobre el mármol de su tumba. 


Bajo cada lluvia
podría ser yo quien yace, ahora lo sé,
ahora que he muerto en otro.


Padre e hijo en Lodi Gardens, New Delhi

09 junio 2013

Transchiquitano


El tren es de un verde quirófano que se oxida. Adentro ventiladores acumulan más que polvo, acumulan tierra desde antes de la tierra. Cuelgan del techo como sirviendo para algo, pero sin servir para nada. Una mujer saca los pies por la ventana, las uñas pintadas de negro. Las ventanas se abren en vertical, son anchas y pesadas y amenazan soltar todo su peso como una guillotina. Veo el dolor en las piernas de la mujer, pero intento sacarme esa idea de la cabeza. Vendedoras ofrecen cosas con estos nombres: majadito, charque, mocochinchi. Cierto panecillo se llama cuñapé, y eso, en guaraní, significa “pecho de mujer”. Conservo esa palabra como muestra de metáfora bella y funcional. Venden también pescado, truchas asfixiadas en unas bolsas de plástico alargadas. Cargan bidones que parecen de gasolina pero contienen té, chocolate, café. Y todo está tan caliente.

Dicen que afuera hay aire, que se respira. Pasan árboles con flores rojas, naranjas, amarillas, árboles de los que nadie sabe el nombre. Saben sólo que están ahí desde que nacieron, desde que recuerdan. A fin de cuentas, tampoco hay que ponerle nombre a todas las cosas. Después sabré que se llaman así: tajibo, pajarilla, toborochi. Pasan casas que anuncian las cosas que siempre hay: hay pollo, hay hielo, hay pan. En algún trozo de campo alguien coloca unas porterías y entonces debiera ser un campo de fútbol, pero hay hierba alta y vacas blancas pastando bajo los arcos sin red. Alguna cabra, algún caballo, pero menos. Cuatro jóvenes menonitas han venido a ver el tren pasar. Van tapadas de la cabeza a los pies, protegidas contra el sol o contra alguna otra cosa.
Un hombre sordo reparte calendarios a cambio de la voluntad. Me entrega uno con la imagen de un gato siamés. Hace mucho que no veo un gato por aquí. Hace mucho que sólo veo perros. Guardar el calendario me deja pensando: qué pasa con los gatos, dónde están, qué han hecho con ellos. Un bebé mea encima de su abuela, la madre de la madre de dieciséis que ahora sujeta al crío. Extiende los brazos como una monja recibiendo un fusil kalashnikov: sin saber por dónde cogerlo, cómo empezar, qué hacer con él.
La fotografía es borrosa. Hay un tornillo molesto en primer plano que a quién le importa. Y al fondo él, emborronado, en el breve instante en que miró. Los niños chiquitanos se parecen a las etnias del Pacífico Sur. Tienen las facciones hermosas de los polinesios, los mismos rasgos finos y delicados.
Él no lo sabe. No todavía. En unos años empezará a entender, será consciente, descubrirá el efecto de la belleza sobre los otros. Pero ahora no. Ahora mira y no sabe la cara que tiene. Aún no conoce su poder.



























El transchiquitano es el tren que atraviesa la Chiquitanía  (región del Oriente boliviano) desde Santa Cruz de la Sierra, su capital, hasta Puerto Quijarro, en la frontera brasileña.